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Ya es febrero!

Buenas noches, ya se acabó el fin de semana y también el mes. Espero que este mes que entra, todo em

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Islas Cíes

España está llena de joyitas y en los alrededores de Vigo, una de las buenas. Para mi fue toda una sorpresa. Galicia me llamaba la atención por su gastronomía y su gente pero nunca pensé que siendo norteña, me sorprendería tanto. ¡Menudas playas!

En el paisaje de las rías llaman la atención las bateas, el mar en calma, y sus islas. Las Cíes es uno de esos lugares a los que hay que ir antes de morir, aunque sólo los valientes se atrevan a pegarse un chapuzón. Mucho mejor si se pasa la noche en el camping.

 

 

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Enofusión 2016 en cinco vinos, dos sidras y un vermut

La semana pasada pedimos a nuestro mentor y sumiller Juan Carlos Torres que fuera nuestros ojos -y,

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El día que fui al noroeste – Parte I

En enero del 2008 Flor y yo hicimos nuestro primer viaje juntas. Nos fuimos al noroeste diez días, en la segunda quincena del mes. Organizamos el viaje solas, pidiéndole consejos a otras personas que ya habían ido y leyendo foros donde se recomendaban hostels, excursiones y lugares para visitar.

Quedamos bastante conformes con el itinerario. Partiríamos desde Rosario hasta Tilcara. Esa ciudad nos serviría de base para conocer Iruya, Purmamarca, Humahuaca y otros lugares lindos de la Quebrada. Después iríamos a Salta. De esta provincia nos interesaban principalmente tres lugares: Cachi, Cafayate y Salta Capital. Finalmente, la provincia de Tucumán. En Tucumán iríamos a Tafí del Valle y a la Capital. Desde esta ciudad volveríamos a Rosario.

El 17 de enero Lucas nos fue a despedir a la Terminal.

–Cuídense. No anden mucho solas–nos dijo antes de que nos subiéramos al cole. Estaba medio pegote y no me soltaba.

–No te preocupes. Nos vamos a cuidar.

–Y escribime todos los días. Así sé que estás bien.

–Sí, quedate tranqui. Chau, amor–le dije cuando el colectivero empezó a tomar los pasajes.

–Chau, Meri. Te amo–me dijo y me besó.

–Chau, Lucas–dijo Flor y le dio un beso en el cachete.

–Chau, cuídense.

Subí al colectivo y me dormí casi inmediatamente. Flor no podía dormir en vehículos en movimiento así que se dedicó a leer. Solamente me habló para despertarme cuando el colectivo hizo una parada más larga para que podamos ir al baño de una estación de servicio. Apenas volvimos a subir seguí durmiendo y ella siguió leyendo. El viaje se pasó rápido.

***

Cuando puse un pie en Tilcara supe que ese lugar me iba a gustar. La Terminal está bastante en el centro, así que enseguida pude ver negocios, bares y la atmósfera general del lugar. Me encantó. Es verdad que estaba lleno de turistas y quizá esa no era su “atmósfera cotidiana”, pero me encantó. Tuve ganas de quedarme siempre ahí y no conocer los otros pueblos de la Quebrada.

Caminamos hasta nuestro hostel. Quedaba en una parte más elevada del lugar y nos costó subir con las mochilas. Valió la pena porque lo que habíamos reservado era genial. El hostel se llamaba Malka y era todo lindo. Estaba limpio, tenía reposeras y hamacas paraguayas para disfrutar el aire libre con comodidad, los colchones eran nuevos y el desayuno era riquísimo. Como habíamos viajado toda la noche, llegamos justo para el momento de desayunar. Y no lo desaprovechamos.

Mientras devorábamos todas las tostadas que había a nuestro alrededor, hablábamos con unas chicas que compartían la habitación con nosotras. Ellas tenían el viaje mucho más organizado y nos propusieron hacer varias cosas juntas. Aceptamos sus propuestas para no tener que organizar.

–Nos dijeron que Iruya es re lindo, pero lleva mucho tiempo ir. ¿Vieron Iruya? Es un pueblito chiquito, con calles que suben y bajan. ¡No saben! ¡Es divino! Ahí tenemos que ir sí o sí–decía la más verborrágica.

–Dale, dale–dije yo. Flor asintió con la cabeza porque estaba comiendo una tostada.

Aunque la escuchaba, estaba entretenida mirando a unos chicos que desayunaban un poco más allá. Uno de ellos era lindo. Muy lindo.

***

Terminamos de desayunar, descansamos un poco y salimos a recorrer Tilcara. Nuestras compañeras de cuarto ya habían conocido la ciudad así que salimos solas. Mejor. Me caían bien, pero tenían una energía muy intensa que me cansaba un poco. Era mejor distanciarnos durante un rato para después pasar tiempo juntas sin querer arrancarnos los pelos.

Fuimos al Pucará, a un museo que está frente a la plaza y a caminar por las afueras. Al mediodía comimos tarta en el local de Carlitos, el dueño de la peña más famosa de Tilcara. Después compramos cosas en los puestos de la plaza y nos quedamos por ahí tomando mate, comiendo bizcochos de grasa y charlando de la vida. Al sol hacía calor, pero a la sombra la temperatura era hermosa. Nada que ver con el calor tufoso y húmedo de Funes.

–¡Ey! Ustedes paran en el Malka, ¿no?–nos dijo un chico que estaba mirando artesanías en la plaza. Era amigo del que me había gustado a mí.

–¡Sí! ¿Ustedes también?–dijo Flor.

–Sí, también. ¿Me darías un mate? Nos olvidamos el equipo.

–Uh, garrón–dije yo.

–Sí, tomá–dijo Flor y le alcanzó un mate.

–Sí. Nos olvidamos la mitad de las cosas–le dio un sorbo al mate.–Soy Agustín.

–Yo soy Flor.

–Yo Meri.

–Flor y Meri. Ellos son Javi y Nico–dijo señalando a sus amigos, que estaban más alejados. De paso les hizo una seña para que se acercaran. Javi era el que me gustaba a mí.

–Hola–dijeron ellos cuando se acercaron.

–Hola–dijimos nosotras.

–Che, ¿hacen algo esta noche?–nos preguntó Agustín.

–No organizamos nada–dije yo.

–Nosotros tampoco. Nos dijeron que acá hay un bar que creo que se llama Resistencia o algo así. Pero no está abierto siempre porque creo que lo clausuraron. Así que para ir hay que tocar la puerta de una manera especial y ahí te dejan pasar.

–¡No! ¡Qué copado!–dije yo.

–Sí, posta. Hay muchas cosas copadas acá.

–Por ahí teníamos ganas de estar tranqui en el hostel–dijo Flor.

–Pero a lo mejor podemos ir a ese bar–agregué yo, atropellada.

–A lo mejor nosotros también vamos. Si no, podemos tomar algo en el hostel y después vemos si nos dan ganas.

–Ah, es buena esa–dije yo.

–Es verdad. Porque estamos muertas. No sé cuánto vamos a aguantar–dijo Flor.

–Bueno, entonces quedamos así. Tipo 11 nos juntamos en el patio del hostel a tomar algo. Cada uno lleva lo que le gusta. ¿Les copa?

–¡Sí!–dijimos las dos.

–Genial. Nos vemos–dijo Agustín.

–Chau, che. Nos vemos–dijimos nosotras.

–Chau–dijeron los otros amigos, que parecían mudos porque el único que habló fue Agustín.

Terminamos el termo de mate y fuimos a un almacén. Compramos un Fernet, dos cocas, un vodka demasiado barato y jugos Baggio de distintos sabores. Todo listo para disfrutar de nuestra primera noche en ese paraíso del noroeste.

***

Después de la cena salimos al jardín del hostel. En la galería y zonas aledañas había varios grupitos de amigos. Todos charlaban, tomaban algo y se reían. Casi todos estaban flechados y con cara de cansados. Pero estoy segura de que estaban contentos de estar ahí. Yo sé que estaba muy contenta.

De a poco se fue armando un círculo alrededor de un chico que tocaba la guitarra. Tocó algunas zambas y clásicos del folklore. Aunque a mí me gustaba lo que estaba haciendo, la mayoría de la gente le pidió “una que sepamos todos”. Entonces empezó a tocar temas de Rodrigo, de los Auténticos Decadentes, de Los Piojos, de Soda. Fueron las típicas canciones de fogón pero sin fogón. Nos hubiera hecho falta el fuego porque hacía un poco de frío. Las temperaturas del norte son muy extremas. Durante el día el sol te calcina y a la noche hace frío y tenés que estrenar el pullover con estampa de llamas que compraste en alguna plaza.

En un momento empezó a tocar “Niña de Tilcara”. Era la canción más apropiada en ese contexto. Otro tenía un güiro y lo acompañaba. El chico del hostel trajo un sonajero de pezuñas (después me enteré que se llama “chajchas”) y unas maracas que decoraban el desayunador. Agitaba esos instrumentos al ritmo que marcaba el que tocaba la guitarra. Ese fue uno de los instantes más felices de mi vida. Estaba en un lugar hermoso, estaba fresco, tenía un vodka con naranja en la mano y gente que me caía bien alrededor. Pero nada dura para siempre y esa magia fue interrumpida por mi celular. Era Lucas. Me alejé un poco para no molestar a los demás y atendí.

–¿Hola?

–Hola, amor. ¿Cómo estás?–dijo él.

–Bien, bien. ¿Vos?

–Todo bien. ¿Qué hacías?

–Estamos con los del hostel tomando algo, hablando al pedo.

–Uh, qué copado. ¿Está bueno?

–Sí. No sabés lo que es Tilcara. Una hermosura.

–Me imagino–se quedó callado.–Te extraño.

–Yo también te extraño–mentí. No lo extrañaba para nada. Miré hacia donde estaban los demás. Javi preparaba Fernet con coca en un vaso enorme.

–¿Y mañana que van a hacer?

–Creo que vamos a Iruya, un pueblo que nos recomendaron.

–¿Ustedes solas?

–No, me parece que vamos con dos chicas que conocimos acá en el hostel–dije.

Javi me miró y alzó el vaso gigante de Fernet, como invitándome. Yo asentí con la cabeza. No me gusta el Fernet pero no quise ignorarlo.

–Ah, qué bien.

–¿Vos qué vas a hacer?

–Supongo que voy a ir al club.

–Buenísimo. ¿Querés que te vuelva a llamar mañana? Digo, así no gastás tanto.

–Pero hablamos gratis nosotros.

–Sí, pero ahora no estamos dentro del área de cobertura.

–¡Tenés razón!

–Mañana te llamo, amor.

–Dale.

–Hasta mañana.

–Te amo–dijo él.

–Te amo–dije, apurada, y colgué.

Me acerqué a los chicos de Buenos Aires.

–¿Ya se prepararon sus bebidas espirituosas?–dije.

–¡Obvioooo! ¿Querés?–dijo Javi. Estaba más simpático que a la tarde. Seguro era el alcohol.

–No, paso. Ya tengo–dije y le mostré mi vaso.

–¿Jugo de naranjaaaa?

–No, ¡destornillador!

–Ah, me quedo más tranquilo. ¿Sabés por qué el destornillador se llama así?

–Sí–dije. Él no esperaba esa respuesta.

–¿Ah, sí? ¿Por qué?

–Porque los mineros tenían que tomar algo para mantenerse calientes y mezclaban vodka con jugo de naranja. Pero no tenían cuchara para revolver, entonces usaban un destornillador para mezclar.

Me miró. Después sonrió.

–¡Muy bien! Sos una chica muy inteligente–dijo y levantó el vaso para que brindemos.

–¿Viste? Chin chin.

–¡¡¡Meriiiii!!!–gritó Flor.

Ella estaba un poco más lejos, al lado de los músicos.

–Me voy con mi amiga. Nos vemos después–dije.

–Chau, Meri–dijo él.

Me senté al lado de Flor y seguimos cantando hasta quedarnos afónicas. Esa noche no volví a hablar con Javi pero cada tanto nos mirábamos. Nos fuimos a dormir a eso de las cuatro. Antes de cerrar los ojos pensé en él y en su cara.

***

El día siguiente fuimos a Iruya. El pueblo me encantó. Lo que no me gustó tanto fue llegar hasta ahí. Viajamos en un colectivo muy viejo que iba demasiado rápido. El camino está al borde del precipicio y cada vez que doblábamos yo pensaba que nos íbamos a caer y que me iba a morir en ese lugar. Las chicas de Buenos Aires tenían más miedo que yo y gritaban en todas las curvas. Por suerte sobrevivimos, aunque llegué con el estómago revuelto y una contractura tremenda en las cervicales.

Recorrimos Iruya, comimos sándwiches en la plaza y después fuimos hasta San Isidro. Es un pueblo más chiquito aún que queda a unas dos horas de Iruya. Se llega caminando y hay que llevar gorro, protector solar y mucha agua para hacerle frente al sol. En San Isidro tomamos mates y charlamos de la vida. No nos quedamos mucho porque teníamos que volver caminando a Iruya y después tomar el colectivo para volver a Tilcara.

Llegamos a Tilcara a eso de las ocho de la noche. Yo estaba muerta. Flor y las otras chicas se quedaron a comer en la peña de Carlitos. Como estaba muy cansada las saludé y me fui al hostel. Antes pasé por una verdulería para comprar unas frutas. No tenía ganas de cenar. Iba a comer dos duraznos y una banana. Después me iría a bañar y a dormir.

Subí la montaña del hostel con mucho esfuerzo. El dueño estaba afuera. Lo saludé.

–¿Y? ¿Te gustó Iruya?

–Sí, es hermoso.

–¿Fueron a San Isidro?

–Sí, eso me mató. Mucha caminata abajo del sol.

–Claro, es cansador.

–Bueno, me voy a dormir. Hasta mañana.

–Buenas noches. Que descanses.

Seguí caminando hasta la cabaña donde estaba nuestra habitación. Antes de llegar escuché que alguien me chistó.

–¿Flor?–dije. Me di vuelta pero no la vi.

–No, soy Javi–escuché.

–No te veo. ¿Dónde estás?–dije.

De verdad no lo veía. No sabía desde donde me estaba hablando. Después me di cuenta.

–¡Bu!–dije y lo descubrí. Estaba escondido en una de las hamacas paraguayas.

–Uh, me descubriste.

–No era un escondite muy secreto, eh–dije y me senté en el piso con esfuerzo.

–¿Te sentís bien?

–Sí. Estoy muy cansada. Hoy fuimos a Iruya y de ahí caminamos como tres horas hasta San Isidro–dije y empecé a lavar el durazno con un poco de agua mineral.

–¿Está bueno?

–Sí, vayan si pueden. Vale la pena.

–Le voy a decir a los chicos.

–¿Dónde están ahora?

–Se fueron a Purmamarca.

–¿Y vos por qué te quedaste?

–Para verte a vos–dijo y se empezó a reír. Lo había dicho en tono de joda. Igual me gustó.

–¿Ah, sí? ¡Mirá vos qué casualidad!

Él sonrió.

–¿Esa es tu cena?

–Sí. ¿Querés?

–No, yo como comida de verdad.

–Ay, perdón.

Nos quedamos un rato en silencio. Él se movía despacio en la hamaca paraguaya mientras yo comía mis frutas.

–Bueno, me voy a retirar–dije cuando terminé de comer todo.

–No, esperá.

–¿Qué pasa?

–Quedate un rato más–dijo.

–Estoy muerta, Javi.

–Dale, un rato. ¿La estás pasando mal?

–No, para nada.

–Quedate. Si querés hablamos.

Me reí.

–No creo que tengamos que llenar todos los silencios. No me molestan.

–A mí tampoco. Quedate un rato. Hablamos un poco y nos callamos otro poco.

Aunque tenía muchas ganas de quedarme, también tenía muchas ganas de bañarme y de acostarme.

–Hagamos una cosa. Me voy a bañar y vengo.

–Mentira. No volvés más–dijo haciéndose el ofendido.

–Te prometo que vengo. Me quiero sacar toda la mugre del día–le dije.

–Bueno, está bien. Pero vení porque si no me enojo.

–Vuelvo, en serio–le dije.

Entré al baño y el corazón me latía fuerte. Cuando me miré en el espejo me odié. No podía creer que había estado hablando con la cara tan sucia y el pelo tan despeinado.

***

–Acá estoy.

Él estaba medio entredormido.

–¡Volviste!

–¿Viste? Te dije que iba a volver.

Sonrió.

–¿Habrá un lugar para mí?

Él se corrió un poco y yo me metí en la hamaca. Me acosté de costado y apoyé la cabeza en el pecho de él. Javi me acariciaba el pelo.

–Me gusta esto–dijo.

–A mí también–dije.

Después nos quedamos en silencio. Después nos besamos un poco sin decir nada. Después me dormí. Cuando me desperté, él estaba dormido. Le di un beso en la frente y me fui a mi habitación. Eran como las tres de la mañana y Flor no había vuelto. Me dormí enseguida.

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