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DÍA 9- Kyoto – Iga Ueno (Museo Ninja) – Nara

Este día nos tocó madrugar (a las 6 am) porque teníamos un largo trecho de trenes por delante con varios trasbordos suicidas, como podéis ver:

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La idea era ir a Iga Ueno por la mañana para ver el Museo ninja y el castillo y a Nara por la tarde. No sabíamos si nos daría tiempo a todo, pero al final lo logramos.

Por suerte nuestro hotel de Kyoto estaba muy cerca de la estación (a 5 min andando) y eso para las excursiones nos fue genial. Entramos con nuestro JRPASS y al cabo de 2 horas en tren llegamos a nuestro destino. El trayecto fue un poco estresante porque teníamos pocos minutos para hacer los trasbordos y además los trenes iban muy llenos y teníamos que ir de pie.

Iga Ueno era un pueblo desierto sin apenas nadie por la calle. Seguimos las indicaciones del mapa y empezamos a andar hacia el parque dónde se suponía que estaban el castillo y el museo ninja. Después de 20 min andando decidimos preguntar a un buen hombre y nos acompañó un trecho del camino. Al final resultó que estaba bastante lejos y el parque estaba como en una especie de monte, así que el camino era de subida (¡unos 45 min andando!). El hombre era un granjero y nos dio su tarjeta para que lo llamásemos si teníamos algún problema (¡los japoneses son tan amables!).

Nosotros pensábamos que la caminata merecería la pena porque, según lo que había leído por internet, el Museo parecía divertido: en teoría te disfrazaban de ninja y luego había un show en el que hacían demostraciones de lucha.

Museo ninja
Horario: 9:00 a 17:00 (última entrada a las 16:30)
Cerrado: 29 de diciembre al 01 de enero
Precio entrada: 700 yenes

Show ninja: de 11h a 15h cada hora. Precio: 200 yenes.

Qué decepción nos llevamos cuando por fin encontramos el museo y éramos los únicos visitantes. Yo creo que se sorprendieron de vernos y todo… ¡y además ese día no hacían el show ninja! (nos dijeron que sólo lo hacían para grupos, cosa que no ponían en la web). No sé si es porque era un día entre semana, a lo mejor los domingos está lleno, pero desde luego no nos esperábamos esto.

Ya que habíamos llegado hasta allí, pagamos los 700 yens para ver el Museo. No nos pudimos disfrazar y fue bastante cutre para el precio que valía: primero una japonesa nos enseñó los escondrijos de una casa ninja que solían usar para espiar a sus enemigos o esconder sus armas (puertas giratorias, compartimentos ocultos, etc.). No nos enteramos de mucho porque lo explicaba en japonés, pero la pobre se esforzó mucho con los gestos.

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Después entrabas en una sala de exposición con varios objetos, ropa y armas relacionados con el mundo ninja y podías leer en inglés su historia y curiosidades. La verdad es que hacer todo ese camino para ver eso… no merece la pena. No sé si es que fuimos en mal día o tuvimos mala suerte, pero no lo recomiendo.

Ya que estábamos allí, pagamos 200 yens más por persona para lanzar estrellas ninja a una diana (fue lo más divertido de todo). Después fuimos a ver el castillo de Ueno por fuera, no entramos porque íbamos justos de tiempo.

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Volvimos a la estación y cogimos el tren de las 12h con trasbordo en Kamo. Llegamos a Nara a la 13h y lo primero que hicimos fue buscar un sitio para comer. En la calle principal Sanjo-dori encontramos un restaurante muy barato y por 600 yens cada uno comimos de lujo:

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Después de comer, seguimos todo recto por esa misma calle hasta que llegamos al parque de Nara, dónde hay múltiplos templos y los ciervos andan sueltos porque que se consideran “mensajeros de los dioses”. Nara es una ciudad cercana a Kyoto, fue capital de Japón desde el año 710 al 784. Tiene 8 monumentos declarados patrimonio de la humanidad, pero a nosotros sólo nos dio tiempo a ver los 2 templos más importantes. El primero que te encuentras es el templo Kokufu-ji, que contiene 2 pagodas, una de 3 pisos y otra de 5. La más alta es símbolo de Nara. (Es gratis. Sala del tesoro: 500 yens. Abierta de 9h a 17h). Al lado está el estanque Sarusawano-ike, en el que se refleja la pagoda.

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Después de ver este templo, compramos unas galletas que venden para dar de comer a los ciervos que andan sueltos por allí. Si no las llevas, no te hacen ni caso, pero si las huelen… empiezan a perseguirte cada vez más y ¡al final tienes casi que correr! La verdad es que es muy divertido porque primero te viene uno, luego otro y cuando te das cuenta estás rodeado y no puedes darles galletas a todos. Yo tenía a uno mordiéndome la chaqueta y a otro dándome cabezazos ¡jajaja! Al final les tiré las galletas que me quedaban porque me estresé.

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Como veis se meten por todas partes…

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Después fuimos a visitar un jardín zen muy bonito que se llama Issuien, con un lago, una casa del té… Se tienen que pagar 650 yens de entrada y abre de 10 a 16:30h. A mi me gustó mucho, pero si no queréis gastar tanto, justo al lado hay otro que es gratis para los turistas.

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Al acabar, fuimos a ver el templo más famoso de Nara y uno de los que más me ha impresionado: el Todai-ji. Es el edificio de madera más grande del mundo y alberga la estatua de Buda (Daibutsu) en bronce más grande de Japón. Se dice que se han visto 4 o 5 monjes en la palma de la mano del Buda cuando lo están limpiando, para que os hagáis una idea.

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A parte, dentro hay una columna de madera con un agujero que si se logra atravesar, se dice que se alcanzará el Nirvana. Muchas personas lo intentaban y algunos lo conseguían:

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Por último, íbamos a ver el Santuario Kasuga, que contiene cientos de faroles de piedra. Sin embargo, estábamos ya muy cansados de todo el día y como estaba un poco lejos, decidimos no ir (parece que no, pero el parque de Nara es enorme). Nos quedamos un rato más jugando con los ciervos y volvimos a la estación sobre las 18h.

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Llegamos a Kyoto a las 19h, cenamos algo y… ¡a dormir!

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Ver el mundo con otros ojos

Buenos días trenistas,

Después de un tiempo desaparecida, vuelvo aquí a daros la lata… La verdad es que, si no he podido escribiros antes, ha sido porque he andado muy liada. Pero ahora estoy aquí, otra vez, dedicándoos un ratito.

Como quizá ya sabéis, mi vida es aquello que pasa entre viajes en tren, pues llevo mucho tiempo cogiendo, día sí y día también, este tipo de transporte público (y otros tipos, para qué nos vamos a engañar). Casi siempre realizo el mismo trayecto, me subo al tren más o menos a la misma hora, en la misma zona, veo las mismas caras, me bajo en la misma parada y sigo mi vida como si nada. Sin duda, hay un factor de repetición en todo esto, de cotidianidad, de hábito, como habréis notado. El hecho es que, cuando uno se adapta a dicha cotidianidad, al final deja de prestar atención a muchas cosas, a las personas que le rodean, a los ruidos, al paisaje que se ve a través de la ventana, y se dedica a dormir, a escuchar música, a leer, a jugar con el teléfono o a buscarse la manera de pasar el rato.  Eso es, por lo menos, lo que yo hago.

Hace unos días, sin embargo, me di cuenta de que no me apetecía dedicarme a ninguna de las cosas mencionadas. ¡Y eso que tengo un libro muy interesante por terminar! Pero, en realidad, lo que de verdad, de verdad, de verdad me apetecía… Era sentarme en una silla cerca de la ventana y pararme a observar el paisaje. Así que, empezaron a pasar ante mis ojos aquellas carreteras, casas, pueblos, bosques y playas que tanto conocía… Hasta que, de repente, me fijé en una vivienda a la que no había prestado nunca antes atención. Se trataba, en verdad, de una casa preciosa, grande, de paredes blancas, con garaje y un coche aparcado en la entrada. Era de aquellas casas que podría colar perfectamente en alguna película de la clase media-alta americana. Me imaginé a una familia viviendo en ella, con niños pequeños a los que educar y criar.

Era una casa, pues, que se veía con facilidad. Sin embargo, yo no me había dado cuenta de su existencia hasta entonces. Después de tantos años observando el paisaje, el mismo paisaje, nunca me había fijado en ella. Eso me hizo reflexionar. Y es que creo, sinceramente, que, a veces, no somos del todo conscientes de cómo es el mundo que nos rodea, a pesar de que estemos habituados a él. O, precisamente ese es el problema, que estamos tan habituados a él que lo damos por supuesto y deja de importarnos. Puede que estemos acostumbrados a actuar, a vivir, a ver, a hacer las cosas de una manera determinada. Luego, en algun momento en concreto, algo o alguien llega y nos hace cambiar un cierto aspecto de las mismas. A partir de entonces, aquello que para nosotros era normal, habitual, pasamos a observarlo con otros ojos, como si, de repente, fuera algo nuevo o distinto. Me atrevería a decir, de hecho, que, el darme cuenta de la existencia de esa vivienda me provocó un interés tal que empecé a prestar más atención al paisaje que veía y, así, gracias a eso, descubrí más hechos del mismo, más casas y caminos que se me habían pasado por alto.

Leí hace tiempo, en alguna parte, que nuestra sociedad está cada vez más acostumbrada a mirar las cosas sólo por encima, a prestar la atención justa y necesaria. Nuestro mundo va rápido, nos movemos rápido, no tenemos tiempo, todo debemos hacerlo deprisa. Hay muchos canales por ver en la televisión, muchas series, películas, libros; viajamos mucho, a gran velocidad, en en transporte público o privado; consultamos Internet y tenemos 4, 5 o más ventanas abiertas a la vez. Antes, la gente nacía, vivía y moría en el mismo sitio. Muchas personas no llegaban ni a salir de su pueblo o ciudad en toda su vida. Ahora, ¿quién no se ha trasladado alguna vez en coche o autobús? ¿Quién no ha cogido nunca un avión? ¿Quién no ha estado jamás en otro país? Estamos acostumbrados a vivir rápido y, por eso, la atención que ponemos en las cosas hoy ya no es igual. Ya no observamos, sólo miramos, porque nos hemos habituado a cambiar constantemente. Y, luego, en muchos casos, olvidamos, pues no hemos tenido tiempo de recordar aquello que vemos.

Pues bien, quizás nos haría falta mirar menos y observar un poco más. Así, en nuestro camino, podemos encontrarnos con casas que nunca antes hemos visto.

 

 

 

 

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DÍA 8: Takayama – Shirakawago – Kyoto

Esa mañana nos esperaba un súper-desayuno en el comedor de nuestro ryokan (similar a la cena del día anterior). Con sopas, arroz, cosas raras y también salchicha, huevo y croissant (para la gente a la que no le apetece un desayuno tradicional japonés).

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Hicimos las maletas y, muy amablemente, el dueño del ryokan se ofreció a llevárnoslas a la estación a la hora de coger el tren (a las 15:30h) para no tener que volver a buscarlas.

El día anterior, nada más llegar a Takayama, reservamos el bus a Shirakawago en las oficinas de Nohibus (saliendo de la estación, a la izquierda). Los tickets son 4300 yens por persona ida y vuelta.

El bus salía a las 8:50h y como nos habíamos levantado pronto, fuimos andando a la estación y pasamos por el mercado matutino de Takayama (al lado del río).

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Me compré una muñeca típica de allí que se llama Sarubobo (“Happy Monkey Baby”) y dicen que da buena suerte y felicidad. También probamos esta pasta en forma de pez y rellena de compota de judía roja, ¡muy rica! (se llama taiyaki).

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Después cogimos el bus en frente de las oficinas de Nohibus (el núm. 4) y al cabo de 1 hora llegamos a Shirakawago.

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Es una aldea de casas típicas Gassho-zukuri (con el tejado muy inclinado de paja) que está localizada en un precioso valle entre montañas. En la mayoría de estas casas vive gente. Sin embargo, algunas son de exposición y en otras te puedes alojar desde 7000 yens por persona con desayuno y cena. También hay un onsen público que se llama Shirakawago no yu.

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Al bajar del bus hay un puesto de información donde te dan un mapa gratis del sitio. Luego hay que cruzar el puente que atraviesa el río para entrar al pueblo y en poco más de 2 horas da tiempo a verlo todo: las casitas, las tiendas y el mirador desde donde se ve una vista espectacular de Shirakawago desde arriba. Existen algunas de estas casas que son “propiedad cultural destacada” y se encuentran abiertas al público (pagando una entrada puedes ver cómo son por dentro). Cada año se acondicionan tres o cuatro tejados con la cooperación de todo el pueblo.

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También hay un museo (al lado de los buses) con más casas típicas, pero se tiene que pagar entrada.

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Hay otra zona parecida de casas museo en Takayama (más cerca) que se llama Hida no Sato, por si no tenéis tiempo o dinero para ir hasta aquí. A nosotros nos gustó muchísimo Shirakawago, no sé cómo será Hida no Sato.

A las 12h cogimos el bus de vuelta (salen cada hora) para llegar a Takayama a la 13h y que nos diera tiempo a comer antes de coger el tren. Repetimos en el restaurante de carne de hida porque nos encantó y no sé cuándo podremos volver a probarla. Después fuimos a la estación y ya nos estaban esperando con nuestras maletas, así que enseñamos nuestro JRPASS para acceder al tren que nos llevaría a Kyoto (haciendo transbordo en Nagoya).

Llegamos allí a las 18:50h y nos dirigimos a nuestro nuevo hotel, el Hana Hostel. Está tan cerca de la estación que fuimos andando. Es un albergue pero también tiene habitaciones privadas con baño y son de estilo japonés: con suelo de tatami, futones, la mesita baja, etc. Obviamente no era como el ryokan de Takayama porque el Hana es mucho más económico y sencillo. Sin embargo, está bien situado, el personal es muy amable y es de lo más barato que encontré en Kyoto (60-70€ la noche). Además tiene todo lo necesario: TV, aire acondicionado, secador, bañera, WC, wifi, etc. El futón te lo tienes que montar tú pero vienen instrucciones y es fácil. También hay una zona común con cocina, nevera, microondas y ordenadores.

Nada más llegar, tienes que quitarte los zapatos, dejarlos en un zapatero y ponerte unas zapatillas de estar por casa que tienen allí (como en todos los ryokans y restaurantes tradicionales). En el suelo de tatami tienes que ir descalzo.

La chica de la recepción nos dijo que como estábamos más de 4 noches alojados nos tocaba un regalo a elegir entre una bolsa de chuches japonesas, un origami o nuestro nombre escrito en japonés ¡todo un detalle por su parte!. También nos dió mapas de kyoto y de los buses y nos dijo que si queríamos fumar, en el porche del hotel se podía pero dentro no (no sé si lo había comentado antes, en Japón no se puede fumar en la calle, en cambio dentro de la mayoría de restaurantes sí. Hay algunas zonas de fumadores en la calle pero pocas).

Una vez instalados y con el futón montado, fuimos a cenar por los alrededores del hotel, en un restaurante muy barato que estaba en un centro comercial de la calle principal. No nos gustó especialmente, comparado con los que habíamos probado hasta entonces.

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DÍA 7: Takayama

Ese día cogimos las maletas, dejamos el hotel y nos fuimos a la estación de Tokyo para coger el tren que nos llevaría a los Alpes Japoneses. Mucha gente me decía que estaba loca por ir a esta zona con los pocos días que tenía para ver Japón. Sin embargo, es de las cosas que más me han gustado del viaje. Merece la pena ver el Japón rural, es muy diferente a todo lo demás y hará que vuestro viaje esté lleno de contrastes. ¡Una experiencia única que recomiendo!

Este día activamos el JRPASS, por lo que a partir de ese momento, todos los trenes que cogimos a lo largo del viaje estaban incluidos en el precio. Sólo teníamos que enseñar la tarjeta y pasar por un lado, como si fuéramos VIP jeje. El tren salía a las 8:30h de Tokyo y llegaba a las 13:10h a Takayama. Cogimos un shinkansen o tren bala hasta Nagoya y allí hicimos transbordo al tren Hida Wide-View, que nos llevó a través de un maravilloso paisaje lleno de lagos, ríos y montañas. En total unas 4 horas de viaje, que no se hacen muy pesadas dado que los trenes en Japón son comodísimos.

Vistas desde el tren:

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Al llegar nos estaban esperando los de nuestro ryokan con una furgoneta para llevarnos gratis al hotel (tienes que avisar previamente por email de la hora que vas a llegar). Había reservado una noche en el ryokan Yamakyu, valorado con el nº1 por los usuarios de Tripadvisor cuando lo cogí. Está a 15 minutos andando de la estación y muy cerca de las Old Houses. Es un ryokan tradicional, con un personal encantador. A pesar de no ser de los más lujosos, es precioso. Las habitaciones tienen baño privado (sin ducha), suelo de tatami, futones, yukata, mesita para el té, TV, wifi y todo lo imprescindible. Parecía la habitación del Doraemon:

En el precio (160€ la noche) también nos incluía una cena kaeseki, el desayuno y el onsen público. Este es el ryokan por fuera y por dentro:

Dejamos las maletas en el hotel y fuimos a comer a un restaurante de carne de Hida que nos recomendaron. Se llama Maruaki y está al lado de la estación. Aquí podréis comer ternera de Hida a buen precio (unos 20€ por persona) y está buenísima!!!!! No he probado nunca nada mejor! Tienen sus propias vacas y una carnicería. Nosotros cogimos un surtido de carne para hacer al estilo yakiniku (la haces tú en una especie de parrilla) y unas sopas.

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Después visitamos el centro histórico de Takayama, las Old private houses, que son unas casas antiguas de madera que datan de la época Edo. Te sientes como si retrocedieras en el tiempo. Son 3 o 4 calles y están llenas de tiendas de souvenirs y comida.

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Allí nos comimos un excelente takoyaki para picar (bolitas de pulpo) y se nos puso a llover a cántaros. Así que no pudimos ver gran cosa más y nos fuimos al ryokan que serían las 17h.

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Al llegar al ryokan, decidimos probar el onsen público, que estaba en la planta de abajo. Es separado por sexos y tiene un onsen interior y otro exterior ¡una gozada! Como ya expliqué, es importante que antes os duchéis para estar limpios antes de meteros en el agua.

Fue muy relajante porque estábamos solos en nuestros respectivos onsen. Además, desde el onsen exterior podíamos hablar a través de la pared y era como si estuviéramos juntos.

Después bajamos con el yukata al comedor donde nos esperaba nuestra cena tradicional kaeseki. Las mesas eran bajitas y los asientos eran cojines en el suelo. Estaba todo lleno de platitos pequeños que casi ni cabían en la mesa. Había: sashimi, arroz, sopas, tempura, carne de hida hervida y muchísimas cosas que no sé que eran. No paraban de traer platos nuevos. Algunos nos gustaron y otros no tanto porque no estábamos acostumbrados. Sin embargo, merece la pena la experiencia.

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Después llegamos a la habitación hartos de comer y ya nos habían preparado los futones. Así que nos fuimos a dormir y sorprendentemente ¡eran muy cómodos! Dormimos de lujo.

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