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Sentir

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Sentir, coger tu mano

con la luz en declive,

sentir tu llama que vive

en la levedad de lo humano.

Abrir los ojos

bailar en el presagio

con la lentitud de los antojos

y el deseo descalzo.

Humillar la ropa

sobre la fiebre de la piel,

esculpirte toda

a pluma con punta de cincel.

Hacerte el amor

en un nudo de placer

bajo la luna serenar  de tu temblor

y robar tu estremecer.

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“Quickly, before the mirage dissipates, when we wake up. Or worse – grow up…”

 

Hace un año que abrí las puertas de mi casa al mundo, o mejor dicho, yo me abrí al mundo. Hasta el momento fui una viajera atada a las guías turísticas, era una más de los incoherentes rebaños que hacían largas colas para visitar aquello que debe visitar uno cuando viaja. Lo pasaba bien, pero recorría las calles de las ciudades desconocida pensando cómo eran las vidas de aquella gente, qué comían, qué pensaban, qué soñaban y de qué hablaban. Supongo que me faltaba llenarme de la esencia de las personas.

Hace un año se desvaneció mi vida organizada y anclada en mi pueblo. Des de los quince años compartí mi vida con mi pareja y durante cuatro años juntos viajamos por algunas de las capitales de Europa. Conocimos sus hoteles, sus restaurantes, sus monumentos y sus museos. Hasta que nuestra relación se terminó y perdí mi pareja, mi mejor amigo y sobretodo, mi compañero de viaje. Nuestro diario de cuatro años quedó guardado y empecé uno nuevo, con poesías, con sentimientos rotos, me obligué a no sentir y a no querer.

Podría explicar mi vida uniendo casualidades, pero la casualidad de hace un año ha sido la gran casualidad de mi vida. Lo perdí a él, pero la vida me regaló un cambio de mentalidad y me trajo personas de todo el mundo a casa.

En ese momento fue cuando llegó Lionel y Rocío a casa, unos amigos de mi hermana, que hospedamos durante unos días. Lionel me contó que él había viajado usando una red social llamada Couchsurfing y que a través de ésta, hospedaba a gente en su casa durante unas noches y les enseñaba su ciudad. No acababa de entenderlo, pero aquello que me contaba me parecía fascinante. No me creía que algo así existiera, que fuera posible y funcionara, pero me decidí a empezar con algo nuevo. Lo necesitaba. Así pues, me registre en la página web y rellené mi perfil de una forma bastante superficial. No sabía exactamente lo que estaba haciendo, me sentía como una niña descubriendo algo nuevo y desconocido, investigaba cautelosamente y con un poco de desconfianza.

Estaba perdida y fascinada al mismo tiempo. En pocos días, recibí mi primera solicitud: un chico me pedía alojamiento por unas noches. El chico no tenía referencias ni un perfil muy detallado, pero sentí que aquello saldría bien. Cuando acepté su solicitud, me guié por la intuición, siempre lo he hecho así y siempre me ha funcionado. Por muy difícil que sea sentir algo a través de una pantalla, siempre siento alguna sensación buena o mala cuando alguien se dirige a mí para pedirme alojamiento. Así pues, llegó el gran día y yo sentía una nerviosa curiosidad que se escondía detrás de un miedo a todo aquello. Sólo me preguntaba cómo sería él, cómo debía actuar, qué debía hacer, cómo me debía comportar, si se sentiría a gusto en mi casa, si nos entenderíamos y un largo etcéteras de preguntas que aceleraban el ritmo a medida que llegaba el momento de nuestro primer encuentro. Así pues, muy nerviosa me dirigí a buscar al chico inglés. Vi un chico con una gran mochila y leyendo un libro. Había una gran cantidad de turistas a su alrededor, pero supe que era él. Nos presentamos, cogió su mochila y empezamos a hablar con total naturalidad. Ya está, pensé. Todas aquellas dudas se me borraron de mi mente, no paramos de hablar, de conocernos, de recorrer cada rincón de Barcelona, de reír, de pasear y de soñar en viajar. Mi miedo inicial desapareció gracias a su sonrisa, su transparencia y las buenas vibraciones que transmitía. Todo aquello era la mejor garantía para abrirle las puertas de mi casa. Él alargó su estancia en mi casa, mis compañeros de piso y amigos estaban encantados decompartir charlas y alguna que otra fiesta con él. Sin duda, fueron unos días bonitos enBarcelona. Él se ha convertido en un amigo, volvió a visitarme, yo lo visité en Londresy mis amigos también lo han hecho. Él, como muchas de las personas que he conocidoen mi viaje de apertura al mundo y generosidad, se ha convertido en un buen amigo.

Todas las personas que he conocido somos muy diferentes, pero compartimos la pasión de viajar, el incansable amor por la ruta e intercambiar experiencias.

Semanas más tarde alojé a una chica madrileña en casa de mis padres. Ella fue la primera persona que hospedamos en la casa familiar. Sin ella y su sonrisa, yo no hubiera sido capaz de ver el mundo como lo veo y lo vivo ahora mismo. No sé definir hasta qué punto me marcaron sus historias, su forma de ser, su vitalidad y sobre todo, su experiencia con Couchsurfing. Yo aún seguía en la oscuridad anímica y ella me dio una fuerte dosis de energía y positividad. Sus bonitas palabras me explicaron que hospedar a personas de todo el mundo era la mejor manera de viajar, conocer y aprender. Nunca había conocido a una persona con tanta fuerza y alegría. Parece inverosímil poder llegar a sentir tanto aprecio y admiración por alguien que conoces de tan poco tiempo, pero esto sucede. Es muy difícil explicar las sensaciones y los intensos vínculos que puedes llegar a crear en tan pocos días. Ella para mí es mi referencia como surfer, es decir, una persona valiente, abierta, dulce, honesta, humilde, sensible y capaz de adaptarse a cualquier situación sin dejar de sonreír ni un solo momento.

Siempre he compartido con mis surfers mi comida, mi familia, mis amigos, mispensamientos y mis sentimientos. A cambio, siempre he recibido grandes historias,muchas risas, momentos divertidos, largas cenas, bonitos paseos, abrazos auténticos y sonrisas acompañadas de infinitos agradecimientos. Para mí, Couchsurfing es dar sin esperar nada a cambio, es compartir, es ser generoso sin más. Gracias a hospedar personas tan diferentes he aprendido a abrirme al mundo, a no tener miedo aexpresarme, a apreciar los pequeños detalles del día a día, a soñar con destinos imposibles, a educar mi paladar y darme cuenta del valor que tiene coleccionar experiencias.

Así fue como el pasado verano llenamos la casa de surfers de todo el mundo. El jardíncada semana olía a un país diferente, mi paladar y mis sentidos viajaban por todo el mundo. La casa se llenó de historias, risas y bonitos recuerdos. A veces, me viene a la memoria la cara de los vecinos mirando a escondidas por el balcón. Ellos no entendían nada, no entendían como había ocho personas de cinco nacionalidades hablando tres idiomas simultáneamente en la misma cena. Mis vecinos creen que estamos locos, yo pienso que es una de las mejores locuras que he vivido nunca.

Después de un trepidante verano, yo estaba mucho más animada y había empezado a florecer en mí la necesidad de ver y explorar mundo por mí misma. Así pues, ese inicio de curso no llené la mochila de apuntes de la universidad, sino que cogí un buen abrigo y unas botas para pasar un invierno explorando Europa. Estuve varios meses haciendo voluntariado y visité ciudades como Londres, Viena y Dublín en las que tuve la oportunidad de visitar aquellos chicos que hospedé en mi casa durante el verano. Tuve la oportunidad de visitar a Alex y de conocer su familia, de dejarme cuidar como una princesa por Teresa y Daniel y de pasar un auténtico Halloween con el host más simpático de toda Irlanda. Viajé sola durante varios meses y gracias a Couchsurfing no me sentí sola en ningún momento. Siempre, en todo momento, estaba en familia. Al fin y al cabo, en Couchsurfing somos una gran familia.

Cuando dejé Viena, me dirigía a Irlanda a hacer un voluntariado cerca de Cork, pero antes quería visitar Dublín. En esa ciudad estuve unos días haciendo Couchsurfing, mi primer host me recibió en el aeropuerto y nos dirigimos a su residencia de estudiantes donde tuve que entrar de escondidas, ya que la normativa prohibía hospedar amigos en la residencia. Rápidamente me di cuenta que aquella norma no la cumplía nadie, ya que en aquella juerga universitaria había muy pocos metros cuadrados por persona. Nos despertamos y me di cuenta que no fui la única que dormí en el sofá, había estudiantes durmiendo por todos los rincones de aquel diminuto apartamento. Aquellos chicos tímidos que el día anterior me acercaron la mano para darme la bienvenida, me dieron un fuerte abrazo para despedirme. Había vivido aquella situación varias veces. Es decir, conocía a un surf o un host tímidamente y a medida que pasaba el día, aquella tensión inicial iba desapareciendo. Seguíamos con una buena conversa, una buena cena multicultural y siempre, acabábamos con un fuerte abrazo acompañado de un vuelve cuando quieras, esto es tu casa. Esas situaciones, el conocer a una persona desconocida en un tiempo ínfimo, hacen crecer a cualquiera.

Mi espalda se acostumbró a dormir en cualquier parte: suelos, cojines, literas, colchonetas, etc. Cualquier cosa y sitio era bueno, lo importante era conocer gente, intercambiar, pasarlo bien, disfrutar de todo lo nuevo y disfrutar de cualquier situación. Adaptarse fue el mejor de los conocimientos que adquirí viajando.

Cuando volví de mi viaje me sentí bastante ahogada en una gran ciudad como Barcelona, simplemente por estar anclada a un lugar. Una profunda melancolía se apoderaba de mí, ya que me di cuenta que viajar es adictivo. Al volver a casa por Navidad, hospedé a un chico australiano increíble que me ayudó a adaptarme a la ciudad. Sus valores, sus historias, sus viajes, su coraje, su estilo de vida, su actitud, su compromiso social, su vínculo y respeto por la naturaleza eran ejemplo para todo el mundo. Sus conocimientos eran infinitos y durante aquellos cinco días con él yo no podía parar de escucharlo. Escuchar era algo que había aprendido y había puesto en práctica durante mi viaje. Aprendí a escucharme a mí misma, pero sobre todo a saber a escuchar a los demás. Escuchar y compartir conocimientos con personas de mi edad y de la otra parte del mundo, es algo fascinante que te hace entender cómo y porqué es el mundo en el que vivimos.

Supongo que para muchos Couchsurfing es un intercambio cultural, una manera de conocer gente, una manera de descubrir mundo, de vivir los países des de las personas y no las guías de viaje, es decir, de ser un viajero y no un turista. Para mi Couchsurfing, era eso y mucho más, ya que para mí supuso superar las barreras y los prejuicios, supuso ser una persona con ganas insaciables de recorrer el mundo. Me fui huyendo de todo aquello que me hería, pero volví segura y responsable de mi misma. Aprendo y aprendí mucho de las historias de las personas y me di cuenta que el conocimiento era una de las mejores cosas que podía conseguir en la vida, adquirir conocimiento, para mí, significaba poderlo compartir y compartir es aquello que más me gusta en la vida.

Compartir era sinónimo de recibir y dar sonrisas. Y, yo me había convertido en una coleccionista de sonrisas de todo el mundo.

En definitiva, había aprendido a ser capaz y me di cuenta de que no es tan fácil enamorarse, pero seguí confiando en mis sueños, en querer estudiar toda una vida, en viajar, gritar al destino y desafiarlo. Ya no había días grises de llorar porque sí, ahorahabía el odio a la monotonía. Me gustaba pisar, huir, dejarme llevar, apostar al azar sin saber dónde me podía llevar y quizás despertarme en otro tiempo o en otra ciudad.

Para mí, Couchsurfing es algo más que un sofá gratis, es respeto y es palpar la esencia de un país con todos los sentidos, ya que tienes la posibilidad de vivir el país con alguien de dentro, con alguien local. Y eso es lo mejor que le puede pasar a un viajero.

Recuerdo que cuando me fui de viaje, todo el mundo me decía que debía aprovechar aquella oportunidad, ya que sería algo único y exclusivo en mi vida. Yo asentía con la cabeza sin saber que contestar exactamente, pero cuando volví de mi viaje, pude contestar que viajar de ese modo, era mi nuevo estilo de vida.

 

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Mayo 2013

Home is wherever I’m with you 

 

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¿Qué me pongo para…una despedida de soltera?

Buenas tardes un lunes más, esta vez, festivo en Madrid. ¿Qué tal vuestro fin de semana? El nuestro

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En ti la tierra

Desde de que llegué a Georgia se ha aferrado en mi una sensación árida, mire donde mire hay desolación. Siento que estoy en un túnel entre lo soviético y el islam, entre la alegría y la tristeza, entre la luz y la sombra. A la vez me invade ese cosquilleo de felicidad que solo puedo sentir cuando viajo por lo desconocido y me doy cuenta que la palabra hogar tiene menos que ver con un pedazo de tierra que con un pedazo de alma. Casa se reduce a todo lo que llevo dentro de mi y aprendo que de dónde soy es menos importante que a dónde voy. Pero sobretodo aprendo a apreciar la belleza que se esconde detrás de las cicatrices de un silencio, de un amor, de un sueño y de una vida.
Hace tiempo que no me atrevo a agitar un nuevo comienzo por miedo a no ser capaz de llenar las cicatrices de luz. Quiero darte las gracias por arroparme con tu abrazo durante algunas horas.
Ojalá hubiera sido por un rato más, pero espero auscultar de nuevo nuestro silencio, sentir como amanece y aceptar que nada vuelve a ser como antes.

Primavera 2016

Llevar en la mochila un libro, una foto y un papel para anotar palabras que me hagan sentir que estás más cerca cuando yo estoy viajando.

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