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En el paraíso chino

China es un país mágico. Hace unos años cuando vine por primera vez a este país una de las primeras cosas que tuve en claro, y que dije, fue que si había un momento en el que había que venir a China era este, y es que si uno quiere ver un país en cambio, en transformación constante, creo yo, en la mayoría de los casos para bien, es este. Y lo seguirá siendo por muchos años más, porque es un país tan grande y con tanta gente que indefectiblemente es un proceso que va a llevar muchos años.

La historia de hoy comienza en una de esas escapadas que uno se pega cuando está aburrido y no sabe que hacer  en el medio de un pueblito chino. En mi caso, ese lugar era el pueblo de he mo chang en la provincia de Yun Nan. Estaba llegando la primavera y se suponía que el clima debía ser agradable, muy agradable según decían. Yo ya había preparado mis anteojos de sol y mi gorro, pero rápidamente tuve que guardar todo ya que el clima, lejos de ser agradable, estaba congelado. Según la gente local, hacía mucho tiempo que no se sentía un clima así de frío. Por mi parte, mientras desechaba la idea de pasearme en camisa de mangas cortas y bermuda pensaba en mi interior la mala suerte que tenía. Lo peor de todo fue que ni siquiera tenía ropa de abrigo, apenas tenía un buzo y mucho menos una campera. A decir verdad, la temperatura rondaba los cinco grados, pero al estar en una zona montañosa parecía estar bajo cero.

Esa misma mañana Zhufen recibió una llamada por teléfono, bueno, por QQ, de unas amigas de la escuela secundaria que habiéndose enterado que estaba por sus pagos querían ir a visitarla, así que hicieron una cita para encontrarse varias horas más tarde. En el mientras tanto aprovechamos para salir a recorrer un poco el pueblo, que como usted sabe mi querido lector es eso lo que a mí me encanta (definitivamente no nací para quedarme dentro de un hotel), y de paso compré una campera porque ya el frío se había tornando insoportable, al menos para mí.

A la hora del almuerzo, es decir a las once de la mañana, nos encontramos con estas personas, que eran dos chicas con sus respectivos maridos e hijos (malcriados como el 90% de los chicos chinos), y tras comer bastante y brindar veinte veces con ese horrible vino de arroz de 52% de graduación alcohólica nos invitaron a ir a pasear a otra ciudad. No voy a mentir, la verdad es que estaba bastante aburrido, pero de todas formas no tenía escapatoria así que acepté la invitación. Bueno, aceptaron por mí. Sé que no tiene nada que ver con esto, pero algo que nunca deja de sorprenderme es como los chinos parecieran están formados para los negocios. Recuerdo, por ejemplo, que aquella tarde mientras caminábamos sin rumbo bajo el sol todos intentaban hablar conmigo, quizás por curiosidad o quizás para no ser descorteces. Cosas de rutina, ¿de dónde sos? ¿cuánto tiempo vas a estar acá?, ¿te gusta China? Y tras varios minutos uno de los hombres que parecía pensativo me mira y me dice: “¿sabes qué?, tendríamos que vender camisetas de fútbol de Argentina acá, Messi es muy popular, sería buen negocio”. Seguramente fue un comentario más, pero no deja de ser interesante pues esos pequeños detalles, esos pequeños diálogos si uno sabe prestar atención, son un reflejo bastante aproximado de la sociedad y del país. Acá en Argentina, cuando uno conoce a una persona la invita a salir, a conocer la ciudad, a mirar una película o a comer algo quizás, o quizás simplemente hablan de la vida, pero creo que lo último que haría para romper el hielo sería proponerle un negocio a una persona a la que acaba de conocer.

Fue así que salimos de la ciudad y nos metimos en la ruta. En el camino nos topamos con algunos vendedores de frutas y nos detuvimos a estirar los pies en un gigantesco campo de flores amarillas.

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Habíamos recorrido alrededor de una hora y el clima ya empezaba a cambiar, al menos había salido el sol. Justo en ese lugar había una montaña con un gigantesco buda dorado en la cima el cual me moría por subir a ver. De hecho nos habíamos bajado para eso, pero al preguntar quien quería subir todos dijeron que no y yo simplemente dije “¿entonces para qué demonios nos hicieron bajar?” (en realidad utilicé otras palabras, usted use la imaginación, y es que en ese lugar y en esa situación el español es un idioma extraño que nadie comprende jaja). Sólo me contenté con mirar hacia arriba y observar a la distancia un pequeño punto dorado y brillante al que ni siquiera me molesté en sacarle una foto.

Y así, en medio de anécdotas escolares que nada tenían que ver conmigo con canciones de guardería de fondo al estilo Barney el dinosaurio pero en chino, en medio de la ruta, de árboles y de campo, casi como por arte de magia apareció otra pequeña ciudad. Al principio no parecía ser nada del otro mundo más allá de estar lleno de máquinas y edificios de cuarenta pisos que ya comenzaban a levantarse, cosa que a esa altura ya no me llamaba la atención para nada. Pero tras recorrer unas cuadras llegamos a lo que era literalmente una playa artificial armada en el medio de la nada, y aún más, había toda una ciudad alrededor. Salvando la distancia y el tamaño, uno  se sentía como esas películas paseando en auto por calles con palmeras en Beverly Hills, y es que hasta algunos carteles estaban además de chino en inglés.

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Acá el clima ya era definitivamente otro, cálido a caluroso, pero no sofocante. Había un poco de viento aún y quizás por esa razón la mayoría de las personas andaban de mangas largas. La gente que iba y venía parecía disfrutar de una vida mucho más tranquila y calmada, ¿y quién no lo haría en un lugar así?

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Estos son los lugares que vale la pena conocer, lejos de los circuitos turísticos y donde se puede apreciar de forma total y absoluta la vida local. Y es acá donde se logra apreciar el momento por el que está pasando China. Si se dejan de lado ideologías estúpidas, de izquierda o de derecha y en vez de eso el estado se enfoca en crecer, el progreso es inevitable.

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18Para aquellos que tenían la duda, sí, en China los chicos en la playa también juegan con moldes de animales. Ahora ya pueden dormir tranquilos.

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12En Argentina cuando uno va a la playa hay vendedores que pasan vendiendo helado, choclo, jugo de frutas…en China en cambio, pasan vendiendo zanahoria blanca mezclada con ají picante, y a los chicos les encanta. ja ja

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8¿Quién dijo que todos los lugares de China están repletos de gente?

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Y bueno, después de una tarde fabulosa volvimos a la ciudad del principio para despedirnos cenando y brindando con vino de arroz, ¿qué otra cosa podía ser?

 

 

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CIUDADANO DEL MUNDO

Muchas personas se han alegrado cuando les he contado que, nuevamente, vuelvo a irme a vivir a otro lugar. Una chica en particular me decía que le daba envidia mi valentía por ser capaz de irme tan lejos de casa. “Yo no podría dejar todo esto”, me explicaba mientras tomábamos una copa de vino. Yo pensaba en mi interior que quien era realmente valiente era ella. Porque hace falta mucho valor para seguir viviendo en el lugar que te ha visto nacer y en el que ha trascurrido toda tu vida. Cruzarte día tras día con las mismas personas que conocen tu vida y de las que conoces su vida. No hay, salvo excepciones, lugar para la sorpresa o el sobresalto ya que la cadencia de la rutina parece definir el trascurso del tiempo.

Cuando me despedía de mis compañeros de trabajo todos me decían que se alegraban por mi decisión y me deseaban suerte. Granada es una ciudad preciosa, no te vas a aburrir, las tapas son geniales y la gente encantadora. Si, todo eso es estupendo. Presupongo que ninguno de ellos intuye como me siento realmente ante una decisión de este tipo. “Soy un ciudadano del Mundo”, le decía a una señora que siempre me sonreía por las mañanas. Cuán solitaria es la vida de los que hemos decidido caminar sin ataduras, muchas veces centrados sólo en la dirección de donde creemos que tenemos que ir. Esta no pertenencia a ningún lugar a veces es tan brutal y escalofriante.

Comenzar en un lugar nuevo podría ser la sensación más parecida a renacer que he experimentado. Empezar de cero en una ciudad que no conoces, donde todo es nuevo. No conoces a la panadera y la frutera aún no sabe que te gustan los plátanos poco maduros. Tus compañeros de piso son desconocidos que ir descubriendo poco a poco. De todas las personas con las que he convivido siempre me he llevado una parte muy especial conmigo. Algunas veces esas personas me han enseñado precisamente que no ser, como no actuar, en definitiva, como no vivir. A todos ellos les estoy muy agradecido porque me han enseñado mucho más de lo que yo les haya aportado seguramente. Me pregunto quienes serán los próximos que me cruzaré en pijama por el pasillo.

Renacer y resurgir. No sabes quien te espera allí. No sabes si la decisión que has tomado es la acertada. No sabes si tus expectativas se cumplirán o seguirán en el post-it mental que todos tenemos. No sabes nada. La sensación es parecida a cuando te mueves en un lugar tan oscuro donde intuyes formas y objetos a tu alrededor que no puedes ver. Buscas puertas o ventanas que abrir. Cuando entra ese primer destello que ilumina toda la estancia es cuando miras a tus espaldas y ves donde te encuentras. Las formas se definen y aprecias los colores. Es precisamente ahí, en el momento en el que te das la vuelta, cuando verás si esa decisión fue la correcta.

La incertidumbre es compañera inseparable de los que viajamos solos por el mundo. Intentamos no apegarnos mucho a las personas porque sabemos de la temporalidad de esos lazos que, paradójicamente, estrechamos con intensidad y esperamos sean duraderos aunque el instante en el que se forjen sea tan efímero. Cuando llegamos volcamos toda nuestra alegría y pasión, toda nuestra buena voluntad. Pero el futuro no lo definen las buenas intenciones de estos nobles viajeros. No, no lo hacen. La incertidumbre te envuelve en tinieblas que tienes que despejar encendiendo tu propia luz. Cuando descubres realmente el lugar donde has llegado es precisamente cuando sabes si finalmente harás un alto en el camino o continuaras caminando.

Como decía uno de los poemas más brillantes de Machado…

 

Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
Caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace el camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante no hay camino
sino estelas en la mar.

 

Tintern (2)

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Venecia

(En la imagen principal, vista de la torre del Campanile, la basílica de San Marco y la fachada principal del Palacio Ducal desde el Gran Canal)
El ser humano ha creado cosas maravillosas a lo largo de su historia, pero más sorprendente aún que su propia creación es que, conociendo nuestra capacidad destructora, hayamos tenido la sensatez de saber conservarlas.
Hay una pequeña ciudad en el norte de Italia, apretadada en una islita insignificante de callejuelas reviradas, que un día dominó medio mar Mediterráneo y presumía de riqueza, poderío y buen gusto. Tan poco espacio tenía en aquel pedazo de tierra sobresaliente de una laguna, que se inventaron calles con agua en medio y se adaptaron a esa forma de vivir y transportarse, creando una pequeña flota de barcazas. Esa maravilla se llama Venecia, ha llegado hasta nosotros de forma milagrosa, y es única en el mundo. No os dejéis engañar por todas las venecias “La Venecia del norte, la Venecia eslava, la Venecia de América…” que nos intentan vender. La Serenissima no tiene parangón.
Esta ciudad es la más maravillosa de Europa. Te atrapa, la mires por donde la mires. Le sale el arte por todas sus costuras, tiene la gastronomía que más triunfa en todo el mundo, atesora siglos de historia, conserva el gusto por la música y, rodeándolo todo, tiene el agua que potencia su belleza. Si no la conoces habrás escuchado que está masificada, que a veces huele mal cuando el agua se estanca, que es un decorado sin vida real y que sus habitantes están huyendo de allí porque no soportan la escalada de precios que conlleva su sobreexplotación. Puede ser cierto, pero el poderío de Venecia es mucho mayor que todos esos impedimentos.
La plaza de San Marco, a la que Napoleón definió como “el salón de baile más bonito de Europa”, es su rincón más famoso. Palomas ansiosas por cuatro migas de pan, fotos al Campanile (la torre más alta), boutiques de lujo, el Café Florian y sus tarifas imposibles y la propia basílica de San Marco conforman un conjunto magnífico de turisteo y maravilla a partes iguales.
El Palacio Ducal, antigua residencia de los dogos que gobernaron la ciudad durante siglos, incluye el paso por el interior del Puente de los Suspiros. Todo el mundo tiene la postal tipiquísima de su exterior, pero solo los que visitan las antiguas mazmorras (para eso servía el puente, para comunicar entre las estancias palaciegas y las celdas) podrán hacer la contraria, desde dentro de sus ventanas.
La Galería de la Academia tiene una notable colección de arte, pero si no queréis o podéis entrar, acercaos al menos hasta su puente de madera. No es tan famoso como el de Rialto, pero tiene unas vistas hacia la desembocadura del Gran Canal que quitan el sentido. Como las que tendréis desde lo alto del Campanile, al que se puede subir en ascensor previo pago de una entrada y desde donde se domina toda la laguna veneciana. Un punto ideal para hacerse una idea de cómo era el pequeño mundo de la antigua república, la última en incorporarse al conjunto de Italia.
No es tan famoso el Guggenheim Venecia como sus ‘primos’ de Bilbao o de Nueva York, pero merece muchísimo la pena pagar el acceso (que no es barato) para descansar un rato en sus salas pero sobre todo para asomarse a la pequeña terraza trasera. Desde allí se está a un paso del Gran Canal y hay unas fotos estupendas, refugiados a la sombra en el duro verano mediterráneo, sin agobios porque nunca está abarrotado de visitantes y porque cuando hay arte de calidad alrededor el tiempo pasa más despacio y mejor.
El paseo en Góndola es un atraco para turistas, hay que decirlo sin tapujos. Pero solo por esta vez merece la pena sentirse atracado y contemplar, en pareja o en un grupo pequeño, las calles secundarias mientras uno va navegando despacio, con el gondolero contando historias, haciendo chistes malos o, si te toca uno lanzado, hasta cantando en italiano, el idioma más agradecido del mundo y en el que todo suena mejor. Eso sí, haceos los remolones, dad la impresión de no estar convencidos, echadle un poco de desgana, y seguro que os hacen rebaja. Hasta en mi caso, que soy un pésimo regateador, me rebajaron bastante la segunda vez que pasé por el mismo muelle y entonces… piqué.
 
El puente de Rialto, cómo no, es otra postal obligada. Aunque en las fotos no lo parezca es un puente muy ancho, tiene tiendas en su interior y siempre está hasta los topes. Y a su alrededor hay algunas pizzerías con precios razonables para lo que se estila allí.
Los amantes de la música tienen “cita obligada” (valga el tópico) en La Fenice. El teatro es visitable con audioguía y si no tienes la suerte de coincidir con algún concierto u ópera puedes imaginarte la experiencia sentándote en los palcos y cerrando los ojos con La Traviata o el Nessum Dorma de fondo.
Venecia es un rincón de otro mundo. De otro tiempo que pasaba más despacio, de cuando el lujo y la ostentación se traducían en intentar hacer el palacio más bonito que el del vecino. Es la belleza de Italia semisumergida en el Mediterráneo. Es la leche.
CONSEJOS PRÁCTICOS
– Llegar a Venecia es relativamente fácil. Tiene un aeropuerto a escasos kilómetros, en tierra firme, y desde allí se pueden tomar autobuses que en 20-30 minutos te dejan en el centro. También se puede llegar en coche, porque hay un enorme puente que la conecta con la costa, e incluso un tren se introduce hasta las puertas de la ciudad y te deja a pie del Gran Canal. Así que el transporte no es problema.
– No es tan sencillo el alojamiento, y no por falta de oferta sino por unos precios bastante elevados. Pero si podéis hacer el esfuerzo, merece la pena dormir en Venecia y no en Mestre, solo por la sensación de dar un paseo nocturno después de cenar y poder disfrutar de las calles cuando las hordas de turistas ya se han retirado en su mayoría y queda la esencia de la joya.
Yo he tenido la suerte de conocerla dos veces. La primera llegué en tren desde Milán, la segunda en avión y dormí en el puerto porque era la primera etapa de un crucero. Cualquiera de las dos opciones es recomendable, siempre que el barco de crucero haga noche, porque Venecia en un solo día tiene que saber a muy poco.
– Para moverse por allí, las piernas que llegan a casi cualquier rincón, o el vaporetto, que tiene varias líneas aunque la principal y la que seguro cogeréis en algún momento es la del Gran Canal. Hay algunas rutas que llegan a las islas cercanas del Lido, Murano (donde el famoso cristal) o el cementerio de San Michele.
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Aventuras por Indonesia PARTE 3

Empezaré con un tópico: hay que ver las vueltas que da la vida. O, tirabuzones, zig-zags, lo que sea. Hace casi una década comenzaban mis andaduras surfísticas por el charco mediterráneo. A partir de ahí, nació una pasión imperecedera por el surf y sobre todo por el océano. Básicamente me crié viendo vídeos de Taj Burrow en Indo y las aventuras balinesas de Rob Machado en ‘The Drifter’. Quemando la sección de surf de Youtube desde mi casa en Valencia, quedó grabado a fuego en mi mente que las islas indonesias daban de sí, no sólo algunas de las mejores olas del planeta, si no un entorno paradisíaco, una cultura exótica y la posibilidad de sentirse lejos de toda civilización. Un sueño. Un sueño que consideraba inalcanzable. Si alguien me hubiera dicho entonces que en el 2016 viajaría a Indonesia, es más, iba a tener la oportunidad de surfear en Uluwatu, dudo que le hubiera creído.

Sin embargo, (uso del mismo tópico como recurso literario por segunda vez) hay que ver las vueltas que da la vida. Aquel sueño se cumplió, y como todos los sueños, aunque efímeros, permanecen para siempre incrustados en nuestra memoria. Se ve a la legua, escribo estas líneas lleno de nostalgia, rememorando lo que fue nuestro periplo por la isla de Bali, divagando y escuchando la lluvia inglesa repiquetear en mi ventana (para variar). Pensando en aquellos días felices, en días soleados, en playas infinitas, mosquitos, arroz frito y en olas de revista. Pensando en el paraíso. Y sonriendo al ser consciente de que aunque parezcan lejanos, los sueños se cumplen. Este viaje fue uno de ellos, y sin más dilación (ya se me ha ido la pinza otra vez), paso a describir detalladamente nuestro itinerario por Bali.

Corramos un tupido velo.

DÍA 4 (14 de Agosto). Bali (buceo Isla Nusa Lembongan y Nusa Penida)

El día amaneció con un cielo amenazante. Se respiraba la humedad previa a la tormenta y aún así, desafiando a los elementos, decidimos emprender nuestra ruta hacia las islas perdidas de Bali. Nusa Lembongan, Penida y Ceningan son tres pequeñas islas situadas en el sureste de Bali, un remanso de paz y tranquilidad lejos de la ajetreada vida balinesa. Aunque poco a poco van siendo descubiertas por más turistas, tienen ese toque auténtico que las hace una visita casi obligada para los que quieran disfrutar de verdad de la naturaleza indonesia. Y el buceo. El buceo allí es simplemente increíble.

Comenzaré destacando que es imprescindible alquilar motos en Bali. Eso es así. Sé que hay mucha gente que le asusta conducir, y más cuando es en el sentido británico, pero es que en Bali no queda otro remedio. Quizás para trayectos más largos (véase de Uluwatu o Canggu a Ubud) sí que es aconsejable coger un transporte si sois bastantes. Aún así comeréis atascos por un tubo. Sin embargo, la flexibilidad y rapidez de las motos en carreteras atestadas de coches, caminos estrechos entre arrozales y caos callejero en Kuta es algo que no te puede dar ningún coche.  En nuestro caso, alquilamos las motos desde el mismo hotel, a razón de 30.000 rupias por día (unos 2€ por día).

Nos armamos de valor, y a base de intuición, capturas de pantalla del google maps y mucha ayuda de los lugareños, conseguimos llevar a cabo el trayecto desde Uluwatu a Sanur. Un trayecto de una hora y media en la que fuimos sometidos a polución extrema, conducción psicodélica y una fuerte lluvia casi torrencial. Con un último empujoncito e indicaciones de un oficial de policía indonesio llegamos al puerto de Sanur (previo pago de un “peaje” por entrar al puerto, para variar). Sanur está situada en la costa este de Bali, no hay mucho que hacer allí, a parte de pasar el día en resorts de lujo, y la playa es bastante regulera. Sin embargo, desde allí salen todos los ferrys con destino a las islas de Nusa Lembongan  y Penida, así como barcos exprés a las islas Gili (que realmente pertenecen a Lombok).

Hay distintas opciones para llegar a Nusa Lembongan desde Sanur. Tras la odisea para llegar al puerto, se nos hizo más tarde de lo esperado, por lo que tuvimos que coger el barco “rápido” que salía a las 11.00. Es más caro que el barco público, pero mucho más rápido y frecuente. El barco público sale a las 8:00 de la mañana y el precio es de 60.000 IDR el trayecto (si os dicen más, ya sabéis, impuestos de timo). Por otro lado, el Perama, bastante más veloz y asequible de precio, sale a las 10.30 y cuesta 150.000 IDR el trayecto. Finalmente, tenemos los “fast boats” privados, que salen casi cada hora, hacen el trayecto en poco más de media hora y cuyo precio gira en torno a las 250.000 IDR el trayecto (si coges ida y vuelta a la vez sale un poquito más barato).

Una vez llegados a la isla de Nusa Lembongan, y tras quedarnos embobados por las playas paradisíacas y el ambiente de tranquilidad que se respiraba, negociamos con unos señores pescadores para que nos llevaran a algunos de los puntos de buceo más chulos de las islas. Tras negociar con varios de ellos que parecían de la misma familia, accedimos a que nos llevara en su barquita por un precio de 50.000 IDR por persona (y éramos 8, así que el señor hizo una fortuna en un momento).

Vistas desde la barca del señor pescador/ganador de la lotería guiri

Los sitio de snorkelling elegidos fueron Mangrove point (muy cerquita de un bosque de manglar de la isla, de ahí su nombre) y Wall point. Vislumbramos Nusa Penida a lo lejos y es una pena que llegáramos tan tarde a las islas, pues no nos dio tiempo a ir a Manta Point, donde se pueden ver las gigantes manta rallas. Fue increíble de todos modos. No sólo el snorkelling, sino también la travesía en la que vimos a una media docena de delfines saltar junto a nuestra barquita de madera, una pasada.

Mangrove point a vista submarina de GoPro

Ya apurados de tiempo tras dos horitas de buceo, volvimos a Nusa Lembongan y de ahí cogimos el barco de vuelta a Sanur. Es una pena no haber podido pasar más tiempo en estas islas, sin duda recomendable estar al menos un par de días por allí, tomo nota para un futuro retorno a Bali. El trayecto en moto de Sanur a Uluwatu fue de nuevo un festival de tráfico y polución, pero una vez llegamos al hotel, bañados en la piscina y duchados, nos encaminamos (porque literalmente estaba a escasos pasos de nuestro hotel) al  Single fin bar. Esta increíble terraza chill out localizada en los acantilados de Blue Point Beach, en Uluwatu, no solo tiene unas vistas al mar inigualables, sino que su orientación es perfecta para ver atardecer mientras la música y la bebida amenizan tal acontecimiento de la naturaleza. Aunque siempre hay ambiente durante el atardecer, cabe mencionar que las fiestas nocturnas más gordas se hacen los domingos y los miércoles. Para nuestra fortuna, era domingo, de modo que luciendo nuestras mejores galas nos dispusimos a pasar una noche de actividades lúdico festivas. Y aquí, por discreción, acaba mi narración del día cuatro en el diario de bitácora de este viaje a Indonesia :)  

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Vistas al atardecer desde el Single Fin Bar. Se ve la rompiente de Blue Point beach, un sitio perfecto para controlar las olas. 

DÍA 5 (15 de Agosto). El gran día: surf en Uluwatu. Marchamos hacia Canggu.

Las previsiones eran inmejorables. Olas de metro y medio limpio, viento de tierra, día soleado. Nos levantamos temprano, nerviosos y preparados para cumplir un sueño. Hoy surfearíamos Uluwatu. Tras un desayuno abundante fuimos directos al mirador de Blue Point Beach y tal y como las previsiones marcaban todo estaba en su sitio. Olas de película, y lo que es mejor, casi nadie en el agua (la fiesta de la noche anterior hizo su efecto en muchos australianos).

Alquilamos las tablas de surf en las mismas tiendas que hay en el acantilado de Blue Point Beach, a precio de oro (150.000 IDR por 2 horas). Estábamos bastante desesperados por entrar al agua y pasamos de negociar. Es un hachazo/atraco/robo, somos conscientes, pero en esas circunstancias, el dinero era lo de menos. Y bueno, al final fueron 3 horas en vez de 2 así que lo compensamos un poco. Esto es una guía de viajes, por lo que no daré detalles surfísticos del baño que nos pegamos, sólo decir que hubo momentos en que se saltaban las lágrimas de la emoción… entrada a la rompiente por la famosa cueva, pillar la primera ola, una izquierda larguísima, ver los tubazos de revista que se pillaba la gente, acojonarse en alguna que otra ola tocha, rascarse con el arrecife, estar rodeados por un paraje natural increíble… Las palabras son insuficientes para describir ese sentimiento. Para mí este momento fue lo más top del viaje, sin dudarlo, y quedará grabado en mi mente para la posteridad.

Tras casi tres horas de surf, cansados físicamente pero con nuestros sueño cumplido, volvimos al hotel y nos dimos un descanso previo paso por la piscina. Por la tarde tocaba visitar el templo de Uluwatu y de allí ir directos a nuestro siguiente destino: Canggu. Negociamos con el hotel el transporte para la visita al templo. Además queríamos que luego nos llevara directamente desde allí hasta nuestro hotel de Canggu. Al final nos repartimos en dos taxis, a razón de cuatro personas por taxi, costándonos todo el itinerario 80.000 IDR por persona. Conseguido.

El templo de Luhur Uluwatu está situado en el risco de un acantilado con espectaculares vistas de la costa balinesa. Es tranquilo comparado con otros templos indonesios, está repleto de monos y el precio de entrada es de 30.000 rupias, unos 2 €.

Hecha la visita de rigor, con un sol de justicia sobre nuestras nucas, tomamos nuestro transporte hasta Canggu beach. La senda fue tortuosa, de nuevo entre innumerables toneladas de humo y callejuelas entre arrozales. Pero finalmente, y con paciencia (previo paso por un restaurante excelente en Jimbaran), llegamos a nuestro destino. Canggu tiene todo lo que se pueda desear: surf, buenos restaurantes, ambiente festero con rollito mochilero. Nuestro alojamiento fue el Premiere surf camp, altamente recomendable por calidad/precio (menos de 15€ la noche). Vale la pena estar un poco alejado del núcleo más habitado de Canggu solo por tener hermosas vistas a los arrozales, un servicio de alquiler de tablas insuperable, habitaciones espaciosas y la playa para surfear a tiro de piedra. También alquilamos motos desde el mismo hotel, a muy buen precio, 60.000 IDR por día/moto. He aquí algunas fotitos:

La vida nocturna en Canggu es abundante, aunque hay algunos sitios clave que conviene destacar (también dependiendo del día de la semana es más conveniente ir a uno u otro sitio). Tres opciones imprescindibles: Finn’s Beach Club, Old Man’s y Deus. Las fiestas más gordas son miércoles y domingo, aunque viernes y sábado también hay mucho movimiento. En nuestro caso, la rutina estaba clara: empezar viendo el atardecer desde el Finn’s, tomándose una cerveza en la piscina, muuuuy postureo. Chicas indonesias haciéndose fotos con nosotros, cosas típicas que pasan en Bali. De ahí, ir a casa o cenar en los aledaños (nada recomendable, pues es la zona más cara con diferencia). Seguir la fiesta en el Old Man’s, con cerveza a precios asequibles  y acabar en el Deus. También se puede permanecer en el Old man’s hasta el chape o de ahí moverte a Seminyak a por más emociones fuertes (eso lo describiré más adelante). Pero en un sitio como Bali, siempre encuentras gente amigable, buen rollo y buena música.

El Finn’s Beach Club es una auténtica locura al atardecer. Uno de los sitios más top en los que haya estado nunca. Esa piscina infinity con vistas a la playa de Canggu no se paga con dinero. 

DÍA 6 (16 de Agosto). Bali (Canggu beach y Tanah Lot)

Otro día más en el paraíso. Nos levantamos temprano para echar un vistazo a las olas, ya que teníamos planeado dedicar la mañana a surfear y a relajarnos antes de visitar el famoso templo de Tanah Lot al atardecer.

El alquiler de las tablas de surf lo hicimos a través del mismo hotel (por algo era un surf camp) y nos salió bastante bien de precio comparado con el atraco en Uluwatu. El alquiler para todo el día fue de 100.000 IDR, y tras un poco de postureo fotográfico nos metimos al agua con unas condiciones un tanto “grandes” para algunos de mis inexperimentados compañeros. Aún así, fue un día divertido, y la toma en contacto con las olas de Canggu, a pesar de no ser la más acogedora (dan fe de ello varias heridas en brazos y cadera), fue también digna de recordar.

Surf en Canggu, campamento bonobo al ataque.

Por la tarde, motorizados, fuimos a ver el atardecer desde el multitudinario templo de Tanah Lot. Un atardecer al que, por cierto, casi llegamos tarde gracias a nuestra habitual pachorra. Localizado a escasos 10 minutos en moto de Canggu, Tanah Lot es un complejo de varios templos, en el que destaca el situado en un islote en medio del mar al que se puede acceder con la marea baja. Es la imagen típica de postal de Bali, y ello implica que esté muuuuy masificado de asiáticos y guiris en sandalias con calcetines blancos. El precio es de 30.000 rupias (2 €), y a pesar de la muchedumbre, el atardecer desde allí es algo que vale la pena. No hicimos demasiada exploración del terreno dado el agobio de gente, aún así, sacamos algunas fotos chulas.

Por la noche decidimos buscar uno de los numerosos restaurantes donde te hacen pescado y marisco a la parrilla. Encontramos uno en medio de la carretera que atraviesa el núcleo urbano de Canggu, y por un precio muy asequible nos tomamos una señora cena con pescado de nombre indeterminado, pero muy rico (y picante como el infierno debido a la “salsa balinesa” que nos sirvieron junto a él).

Al día siguiente marchábamos al centro de Bali, a la cuna de la cultura balinesa, al lugar más relajado y espiritual de la isla: Ubud. Dado las grandes diferencias en el estilo y ritmo de vida entre la costa y el centro de Bali, dedicaré el siguiente post en exclusiva a las actividades varias que hicimos en Ubud y alrededores. SPOILER: templos, templos, arrozales, volcanes nocturnos, monos, templos y…. más templos.

Para todo aquel que haya leído este post, bravo. Probablemente seas el único/a en la Tierra :)

Saludos desde Sheffield.

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