Archive for » septiembre 14th, 2017 «

Consejos para viajar y comer bien

En primer lugar diferenciemos entre quienes realizan un viaje con objetivo puramente gastronómico y aquellos que simplemente hacen turismo por el …

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La Sagrada Familia, entre los cuatro monumentos del mundo donde más se liga

Las vacaciones son el momento ideal para viajar, descubrir lugares … de la República, punto de encuentro de locales y turistas en su paso por la …

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Turismo Accesible

Viajar es sinónimo de eliminar fronteras y por eso el Giróscopo Viajero está comprometido con el turismo accesible, que ni más ni menos supone …

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A Madrid

Vivíamos en Granada y teníamos ganas de una aventura, así que decidimos hacer la mochila e irnos a Marrakech. Los vuelos estaban muy baratos desde Sevilla, por lo que no había mucho más que pensar.

Al aterrizar en el aeropuerto de Marrakech, casi no podemos entrar. Íbamos sin hotel donde dormir, con la intención de buscarlo al llegar, y en el control nos pedían una dirección sin la cual no se permitía el acceso. Afortunadamente llevábamos apuntados un par de riads que nos habían recomendado, y pusimos uno al azar.

Nos alojamos en un riad típico: un patio interior, alrededor del cual estaban las muy pocas habitaciones de las que disponían, zonas comunes y muchos mosaicos y plantas. Arriba del todo había una terraza común, de esas en las que te sientas por la noche y te hacen sentir afortunado. Además estaba al lado de la plaza Jemaa el-Fna.

En el mismo riad contratamos la típica excusión al desierto. Como íbamos pocos días decidimos ir a Zagora, que es más pequeño que Merzouga pero queda más cerca. Y allí ocurrió la anécdota protagonista. Después de un largo viaje por el Atlas, con algunas paradas en puntos turísticos, por unas carreteras muy estrechas, en una furgoneta conducida por un kamikaze llamado Moustafa, llegamos finalmente a Ouarzazate, puerta del desierto. Allí cogimos los dromedarios. Éramos mis amigos y yo, tres chicas de Zaragoza, una pareja británica y un grupo de búlgaros muy enfadados con el modo de conducir de Moustafa.  El plan consistía en una noche en el desierto, que incluía el desplazamiento en dromedario, la cena con un grupo de bereberes y dormir allí, en una jaima.

La cena estaba buenísima. Comimos tajín de carne, en la típica cazuela, en una jaima grande, muy decorada en la que los anfitriones bailaron y cantaron.

Ya entrada la noche, nos invitaron a acostarnos en la arena, entre los dromedarios, y observar las estrellas. Los locales, los que nos habían preparado la cena y bailado sus danzas típicas (incluso versionado el waka-waka de Shakira en supuesto honor a España), nos enseñaron las típicas nociones de astronomía.

Uno de ellos, muy joven, empezó a hablarnos. Y, con unas aparentes ganas de desahogarse, nos contó que no estaba bien. Nos dijo que estaba cansado de vivir allí, que no quería estar toda la vida en el desierto, que estaba agradecido por el turismo que le daba de comer pero que necesitaba algo nuevo. Y fue entonces cuando pronunció unas palabras que no olvidaré jamás: “Me encantaría poder irme a Madrid”. Lo dijo con una sonrisa en la cara y con los ojos bien abiertos, como el que habla con ilusión. Él, toda su vida (unos 17-19 años) a las puertas del desierto, no había oído hablar de Madrid más que cosas buenas. Madrid era, y es, la Europa más próxima, más cercana, y a su parecer tan lejos al mismo tiempo. La conversación fue más larga, pero sin duda fue esa la frase con la que me quedé y quedaré. Sus palabras me llegaron mucho y las recuerdo muchas veces, porque nunca antes me había visto en una situación similar, en la que alguien te dice a la cara que le gustaría vivir como vives tú. Con esto no pretendo sonar presuntuoso ni altivo, fue así como lo percibí y como lo sentí. No había envidia, ni rabia, ni nada malo en absoluto. Todo lo contrario. Había sinceridad y naturalidad. Y había interés y ganas de salir a conocer y a mejorar. Admiré su franqueza, pues los cambios son para los valientes. Los cobardes prefieren quedarse como están, sin arriesgar, adaptándose a lo que hay. Yo no pude decirle más que viniese cuando quisiera, que Madrid era una ciudad genial que le iba a gustar mucho. Me acuerdo que vestía chilaba y el típico turbante azul.

Evidentemente no recuerdo su nombre, ni siquiera su cara ni su voz. Sí recuerdo que chapurreaba español, probablemente por el trasiego de turistas con los que trataba (me gusta pensar que ya ha cumplido sus intenciones) a diario. Lamentablemente la historia acaba aquí y no podemos saber qué fue de él.

A la mañana siguiente, nos despertaron muy pronto para ver el amanecer. Tras recoger, nos subimos al dromedario para emprender de nuevo el viaje de vuelta a Marrakech. En Ouarzazate nos esperaba la furgoneta.

Era un nuevo día y nuevos turistas llegaban.

 

 

Dicen que viajar abre la mente. Yo no creo que sea así. Hay mucha gente que viaja y es cerrada, y hay gente que ‘por haches o por bes’ no viaja y es muy abierta. Los estereotipos no siempre, o casi nunca, hacen justicia. Lo que sí creo es que viajar te aporta situaciones diferentes (desde personas hasta cualquier componente de lo que llamamos cultura), que te pueden hacer aprender cosas que no aprenderías de no estar en ese ambiente distinto. Salir de la zona de confort, que tanto de moda está ahora.

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