Archive for » septiembre 16th, 2017 «

Hogar, dulce hogar

—¿Arriba o abajo?, —preguntó un compañero en inglés con su sonrisa y su acento alemán. Noté una ceja levantada de forma insinuante mientras esperaba mi respuesta. Expresión que desapareció de su rostro al verme pasar con dificultad por el peso de mi mochila del que me liberé al soltarla con alivio en una litera más allá en un rincón. Estaba ya «en casa» o, mejor dicho, en un albergue. Aquellos de ustedes, queridos lectores, que han compartido las historias anteriores de este peregrinaje del Camino de Santiago, me han oído mencionar albergues. Y por eso, saben que es el alojamiento económico para los peregrinos que siguen la ruta del Camino, y que están espaciadas más o menos a la distancia de un día de marchar. El edificio en sí puede ser una vieja escuela, un monasterio, un edificio del gobierno o una estructura tipo hotel. Puede ser bello y moderno, o viejo y anticuado, o con un microondas y una lavadora, o sin agua caliente y lejos de una tienda para comprar provisiones. Representan «lo imponderable»; sin embargo, es nuestro único hogar, dulce hogar.

Debido a que estos albergues se sitúan a poca distancia a lo largo del sendero, asumí que estaría viajando con básicamente las mismas personas en nuestra peregrinación, sobre todo porque esta ruta es menos poblada y ofrece un menor número de puntos de descanso nocturno en comparación con la ruta famosa del norte. Estaba equivocada; de hecho, me pareció fascinante cómo la gente que conocía a lo largo del paseo desaparecía para reaparecer varios días o incluso semanas más tarde; y cómo había algunas noches en que el albergue estaba lleno, y a la noche siguiente tenía todo el lugar para mí. También hubo un par de veces en las que todo estaba lleno cuando llegamos. En esos momentos, Rafael, mi amigo del Camino, ponía en práctica su encanto personal para encontrar lugares donde pasar la noche no sólo para nosotros, sino también para otros que habían llegado tarde.

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Para explicar estas inconsistencias ilógicas, imaginaba a los dioses jugando frente a un gran tablero de ajedrez; las piezas del juego eran las personas del Camino, las experiencias, los lugares y eventos maniobrados de tal manera que cada persona recibía la iluminación, el descanso, el desafío, la paz, en fin, lo que necesitaba para cumplir con su búsqueda.

Por supuesto, nosotros, los seres humanos, no podemos ver tan fácilmente lo que los dioses hacen por nosotros, y por eso, es lógico que tendamos a centrarnos sólo en nuestros cinco sentidos. Así que algunos de nosotros pensamos que podemos ejecutar el programa de hacer nuestros «imponderables» más estables a través de técnicas inteligentes o por vías competitivas. Por ejemplo, algunas personas se levantaban muy temprano y se iban a toda prisa al siguiente pueblo, llegando así las primeras para asegurarse la mejor litera y una buena ducha con agua caliente. Algunos trataron de reservar un lugar con sus aplicaciones móviles, pero ni siquiera eso garantizaba que hubiera agua caliente.

Yo era del grupo que entró en la fe; creyendo que los dioses estaban trabajando en mi nombre, y de esa manera, por lo menos podía dormir hasta que me daba la gana. Rafael seguía la misma filosofía. Eso nos proporcionó una cierta paz interior que nos brindaba la posibilidad de disfrutar de todo cuanto se abría frente a nosotros: el paisaje, los olores, los sabores, las conversaciones, la gente; en fin, cosas que de otro modo no habríamos podido disfrutar. Las piezas de ajedrez siempre alineadas de modo que, finalmente, terminábamos en un albergue, un dulce y bienvenido albergue.

Debido a nuestra costumbre de no competir, Rafael y yo, por lo general, éramos los últimos en llegar. En una ocasión, entramos en el albergue y nos alegramos de encontrar que todavía quedaban disponibles dos literas superiores, las menos deseables, claro. Antes de dormirnos, oí a Rafael cómo iniciaba una conversación con la dama situada en la cama de abajo de su litera y le preguntaba su nombre. Después de su breve plática, él notó mi mirada inquisidora. Me explicó con una sonrisa picarona que a él le gustaba saber por lo menos el nombre de la dama con quien iba a dormir por la noche. Era en momentos así cuando elevaba mis cejas con un profundo suspiro e infinita resignación ¡Hombres!

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