La Peña del águila

Habíamos salido de Jaén después de cargar en el vivero varios saquitos de canto blanco para el cementerio y una maceta de hierbabuena —capricho de una luminosa mañana de sábado.  Invadía el coche la voz de Sinatra y de vez en cuando pasaba la mano ahuecada sobre el verdor de las hojitas queriendo apropiarme de todo el aroma que les sobraba. Rápidamente la palma de la mano en la nariz, y el frescor superó mis ansias y me llevó más lejos. Comencé entonces a repetir varias veces en voz alta “el silbo de los aires amorosos” y, sin voluntad, me rendí;  me desvié, giré a la derecha al entrar a Mancha Real y nos fuimos hacia La Peña del águila.

Al llegar al “Soto de las pilas”, situado en el primer desnivel donde la sierra deja su falda, entré en la panificadora de Mancha Real. Sara salía hermosa y sonriente tras su delantal blanco, presentando una bandeja de tortas de almendra y nueces. Tenían esos dulces algo tan sobrio y delicado que pregunté si era típico de aquí; “sí, sí, de ahora, de los Santos” se adelantó orgullosamente a responder una clienta. Me llevé unas cuantas y un pan grande, y seguimos la ruta. A medida que subíamos, veía por el retrovisor a Omar estirando la nariz hasta parecer quebrarse, buscando algo en los aires.

El cielo enturbiaba el paisaje que se quedaba a mi derecha, y que veía entre las ráfagas de azules permitidas con las curvas exteriores y a través de los barrotes de una legión de pinos inclinados equidistantes y sumisos hacia el abismo. El suelo fue cambiando, las rocas desnudándose, las vegetaciones colgantes a su antojo anunciaban que el terreno del hombre iba quedando atrás. Imaginé al fraile subiendo, cansándose, mortificándose, buscando, volando. La sierra da luego un rellano, unos pasos por un sendero y el teatro natural anuda a ambos lados su telón de encinas para mostrar su obra: el valle del Guadalquivir, el Aznaitín a la derecha. Busco abajo con la mirada el convento que el propio Juan de la Cruz fundó, imagino el jardín de simples. No hay más pasos de retorno que por el mismo metro y medio escaso por donde él y los suyos regresaban de las alturas después de empaparse de amor. Vacilo un poco, consciente de que no vendrá a mí la poesía, pero con el humilde fetichismo de lo grandioso me conformo para poder pensar en el silbo de los aires amorosos desde ahí.

Tengo delante la hierbabuena, Omar a mi lado felizmente agotado, escribo y veo a un metro de mí las tortas. El Santo se enfadó con sus frailes del convento de Mancha Real por aceptar y disfrutar sin reparos de unos dulces que les llevaron unas señoras. Yo, éstas de hoy, las veo muy apropiadas, aunque también muy apetecibles. Quizá las gachas de después me sirvan para hacer penitencia tras un día siguiendo al “pájaro solitario”.

Category: Viajar
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